martes, octubre 13

Diario de una aprendíz de escritor, día IX

A veces, te ves saturado por mil ideas. Otras veces, te frustras por no tener ni siquiera una.

Fruto de haber experimentado no pocas veces ambas situaciones he llegado a la conclusión de que lo mejor es "guardar en tiempos de abundancia, para tener en tiempos de sequía". ¡Pero qué listos eran los campesinos de la Edad Media! Se las sabían todas y afortunadamente, la mayoría de sus enseñanzas han llegado a nuestros días. De una forma u otra, pero ahí están.

Tan simple como anotar las ideas que más te gusten o las que creas que puedes sacarles partido, para reutilizarlas cuando "estés de sequía".

Te sorprendería saber todo lo que trabaja nuestro cerebro. Continuamente pensando. Siempre dándole al coco.  Es tremendamente curioso cómo, después de leer algo que escribiste hace no se sabe cuánto tiempo, empiezan a venirte ideas acerca de esto o de lo otro. Ideas que cuando apuntaste la idea base, no se te ocurrieron. Y ahora están ahí, como si fuera cosa de las musas.

Pues puede que sean ellas, pero yo que vengo de ciencias, voy a permitirme la particularidad de pensar que es cosa de la máquina más sorprendente del mundo: la mente. El cerebro, la cabeza, la sesera, el coco, la masa medio gelatina medio esponja, que, en definitiva, es lo que nos diferencia de los seres vivos no pensantes. Y la que nos ha hecho hacer cosas tan geniales como viajar al espacio y cosas tan horrendas como construir las bombas atómicas. Pero esa es otra historia, y como decía Ende, debe ser contada en otro momento.

Aunque puede que sí, que sea cosa de musas. Porque, ¿qué hay más mágico que poder inventar algo?